ACERDA DE MÍ

Cómo comenzó mi amor por el maquillaje
Siempre he sentido el mundo de una manera muy intensa.
Como persona autista, experimento muchas cosas de forma profundamente sensorial. Los colores parecen más brillantes. La música tiene textura. Las emociones pueden sentirse tan grandes que a veces es difícil encontrar palabras para explicarlas. Mi mente suele traducir los sentimientos en imágenes, luces, movimiento y color antes que en lenguaje.
Durante muchos años, la danza fue la forma en que liberaba todo eso.
Desde muy pequeña, bailar era mi manera de organizar el caos, transformar emociones y sentirme completamente presente. No importaba si era felicidad, tristeza, frustración o emoción: mi cuerpo sabía expresarlo incluso cuando yo no encontraba las palabras. La danza era mi primer idioma.
Podía entrenar y presentarme con un nivel de alto rendimiento, entregándolo todo sobre el escenario. Pero detrás de ese desempeño, mi cuerpo vivía una realidad diferente.
Vivir con diabetes tipo 1 significa que mi energía no siempre responde a lo que mi corazón quiere hacer. La fatiga se fue convirtiendo en un desafío cada vez más grande. Aunque podía bailar con intensidad, el esfuerzo físico requería largos periodos de descanso y recuperación. Con el tiempo entendí que perseguir una carrera profesional en la danza ya no era sostenible para mi cuerpo.
Fue una decisión muy dolorosa, porque no dejé de amar la danza. Simplemente tuve que aceptar que mi salud necesitaba otro ritmo.
Aun así, nunca dejé de bailar.
Hoy sigo disfrutando la danza de manera recreativa, especialmente la salsa y la cumbia. Bailo, descanso, me siento cuando mi cuerpo lo necesita y luego vuelvo a la pista. Aprendí que tomar pausas no disminuye mi amor por el movimiento; simplemente significa escuchar a mi cuerpo con la misma pasión con la que antes lo exigía.
Cuando me mudé para la universidad, estaba aprendiendo a navegar esa nueva realidad. Nuevas clases, nuevas personas y una nueva versión de mí misma. Aunque había perdido la posibilidad de expresarme a través de la danza de la manera en que siempre había imaginado, seguía necesitando un lugar donde todas esas emociones pudieran existir.
Entonces apareció el maquillaje.
Al principio fue algo sencillo: máscara, delineador, pequeños detalles que me hacían sentir más segura. Pero muy pronto sentarme frente al espejo comenzó a sentirse como entrar en otro mundo. Las brochas dejaron de ser herramientas de belleza y se convirtieron en herramientas de traducción. Lo que no podía decir en voz alta podía convertirlo en color, luz, textura y forma.
La música siempre estaba presente.
Cantaba, improvisaba, rapeaba, muchas veces en español, porque hay emociones que solo encuentran su hogar en ese idioma. Cada canción despertaba imágenes en mi mente. El ritmo se convertía en líneas. Las melodías en destellos. Los bajos tenían profundidad. Las voces tenían color. Mi maquillaje dejó de ser algo que simplemente llevaba puesto; se convirtió en una extensión de la forma en que experimento el mundo.
Entonces entendí que no había perdido mi lenguaje.
Simplemente había encontrado otro.
Lo que antes expresaba con movimiento, ahora lo expresaba con pigmentos, sombras, brillo y color.
Pero también había otra parte de mí que durante mucho tiempo buscó un lugar al que pertenecer.
Nunca me he sentido completamente de aquí ni completamente de allá. Crecí entre dos culturas, dos idiomas y dos formas de ver el mundo. Ni completamente estadounidense ni completamente mexicana. Durante años pensé que tenía que escoger una sola identidad, hasta que comprendí que mi fuerza estaba precisamente en vivir entre ambas.
Así nació DIANNITAKX.
Un espacio donde todas las partes de mí pueden existir al mismo tiempo: mi creatividad, mi cultura, mi música, mi autismo, mi diabetes, mis emociones y mi arte.
Quiero que mis looks se sientan como las emociones que yo experimento: intensas, vibrantes y llenas de vida. Que quien los vea no solo vea maquillaje, sino una historia. Que pueda sentir el color, escuchar la música y entender que, para mí, el arte siempre ha sido un idioma.
Porque el maquillaje nunca reemplazó a la danza.
Me dio un nuevo escenario donde seguir bailando.